¡(in)finito el último!

Él no podía salvarla, nunca pudo; Ella arañaba esperanza entre cartones mientras dormían. Él le contaba historias de otras épocas, cuando la Tierra era plana; Ella…Ella simplemente lo miraba.

Vivían del aire sin saber volar. Deshabitados, solos, abandonados y locos. Años, muchos, recorriendo tejados a plena luz de la noche; aprendiendo a golpe de miseria; prostituyendo principios, sueños y faldas. Make it easy. Vendieron al diablo todo lo que tenían: almas, ropas y dignidad. Se salvaron muriendo poco a poco.

Hacían el amor; sucio, con lágrimas y garras. También, a veces, cuando nadie podía verlos, se curaban; de la vida, de las mentiras y de la puta hipocresía que los había llevado hasta allí. Solían dejar que sus cuerpos se congelaran en la boca del metro (así solo dolía el frío) y cuando no podían mover ni un solo músculo, rompían a llorar. Vivían sin equilibrio, jugando a enamorarse de gatos negros en un intento por cambiar su suerte. A falta de agua, bebían labios y a falta de palabras, se mordían la voz.

La gente acostumbraba a verlos cogidos de la mano en medio de vete tú a saber qué delirio adolescente; ronroneando, mirándose a gritos, haciéndose más eternos cada segundo que pasaba. Nunca hubo tanto amor.

Con la primavera, Él la abandonó.

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A ratos, tuya

Clara, te está esperando; creo que lleva haciéndolo desde que pudo mezclarse con tu pelo aquel instante de libertad infinita. Han pasado muchas lunas desde entonces, cuarenta y tres mil doscientos minutos de mayo y más de veinticinco mil ocasiones de dar esquinazo a la gravedad. Media vida de tus siete para darte cuenta de que nunca volverás a ser tan joven como aquella noche y aun en sueños vacilas con su olor a un palmo de tu boca. Subconsciente inexplorado de Freud el tuyo. No tienes remedio.

Te estás acercando y de esto que te crecen las pupilas a toda hostia, se te mete dentro todo ese silencio que os une y dejan de importarte las leyes físicas y las teorías cósmicas. Tienes las tuyas propias y su color en tus iris, ¿para qué más?

Como cada noche a las doce en punto (una hora menos en Canarias y tres más en tu delirio impuntual), el puerto del pequeño poblado al oeste de Rivertown se oscurece como los grabados de Goya en sus últimos días. Y esta vez, tú también con él. Viejas en barcas y barcas viejas, nudos marineros, oxidación y algún que otro muerto de hambre, de risa y de miedo. Allí todos pierden el equilibrio, incluso la Luna.

Una blusa manchada por tu torpeza con el café solo del domingo y el sujetador a juego son las primeras víctimas de tu incontrolable excitación. Las rompes, las desgarras, las muerdes, las violas. Y la Tierra ajena, sigue girando. Las yemas de tus dedos palpitan con fuerza cuando rozas el botón de los jeans y sufren una taquicardia cuando te deshaces por las buenas de tus braguitas húmedas (te sobra todo aquello que no huela y sepa como él). Trance con olor a sexo en tus manos, maravillas humanas si se saben mover y ojos de ciego que encabezan un orgasmo. Ahora, los cardenales de tu cuerpo no duelen, los gritos e insultos enmudecen y la vida vuelve a besarte lentamente y con mimo, empezando por las pestañas.

Ya está bien; déjale a él el privilegio. Primero un pie y luego el otro. Éxtasis sin penetración, escalofríos y temblores con que sueñan las minifaldas de carretera, una primera vez después de cincuenta y seis. Te roza, se frota, te toca, se desgasta, te lame, te respira y tú vuelves a ser suya un ‘para siempre’ más. Él se va y vuelve, así una y otra vez. Tú te mueres y resucitas y vuelves a morir, de placer, siempre de placer. ¡Joder, con la masturbación y las bocas pequeñas! ‘¡Que llegue ya a la altura de las caderas!’ suspiras en silencio presa de su desenfreno. Tú derretida…él bravo. 

Esta noche van a arder París y tu piel.